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Regazzoni, un gato viejo y un cuadro

Mi primo es dibujante y yo crecí leyendo comics así que las paredes de mi cuarto son un compendio de dragones, extraterrestres y otros tantos seres fantásticos salidos de su lápiz y de los fibrones de varios amigos historietistas. También hay un par de posters (uno de la película Sin City y otro de Anita, la hija del verdugo, una historieta argentina) y un marco grande, bastante sencillo, que contiene el garabato de una pareja bailando. Ese cuadro está firmado por el artista plástico Carlos Regazzoni.

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Siento debilidad por los antros gastronómicos y el de Regazzoni es uno de los peores que pisé en mi vida. Ubicado en los galpones ferroviarios de Retiro, El gato viejo funciona como vivienda, galería de arte y restaurante; todo a la vez. En cuanto uno se sobrepone a la mugre, el lugar resulta bastante imponente. Amplio, intimidante, rodeado de las obras de Carlos.

El menú constó de una entrada de empanadas, chupín de pescado y pulpo a la gallega. La comida no tenía sal porque, en su extremismo, Regazzoni decía que le restaba sabor. Pasaron 5 años desde esa cena y ya no recuerdo la textura del pulpo ni los sabores del chupín pero si me acuerdo de como vomité al día siguiente: abrazada al baño de la oficina mientras mi jefe me miraba desde la puerta.

Unos cuantos meses más tarde el canal Metro estrenaba Vía Regazzoni, un programa en el que Carlos cocinaba, hablaba de arte y, ocasionalmente, sorteaba algo. La pregunta versaba sobre la exposición universal de París (1900) y me gané “una obra exclusiva del maestro Regazzoni”. El premio se retiraba un 1ero de mayo, como hoy, en los galpones de retiro.

A la cita llegamos varios ganadores, que nos quedamos mirándonos las caras por un rato largo hasta que un asistente del maestro, sucio, grandote y desgarbado, nos abrió la puerta. Cruzamos el restaurante y las vías del tren hasta un segundo galpón lleno de caballeros armados e insectos gigantes, retazos de chapas y metal moldeados. En el centro estaba él, Carlos, brindando con Veuve Clicquot con un comprador que le había pagado varios verdes por una de sus obras.

Esa tarde dibujó para cada uno de nosotros un trazo como el que está en mi cuarto.
-Qué querés que te dibuje?
-Un autorretrato suyo, maestro- pidió un obsecuente
-Y para qué querés un retrato mío? No soy una mina.
-Y vos qué querés?- me preguntó
-Sorpréndame, maestro-le contesté
-Qué insolente que es la juventud-me dijo mientras se cagaba de risa.

Después de terminar los dibujos brindamos con champagne (más barato) que descorchó con una espada y sirvió en un sombrero Lagomarsino.

No volvería a comer en El gato viejo pero no me arrepiento de mis dos visitas a los galpones de Retiro porque, como les dije al principio, a mi me gustan los antros y además siempre te dejan anécdotas para contar.

#ElGatoViejo #Regazzoni

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Comentario

  1. Siempre miraba su programa en canal metro. Tenía una partner -dama- a la cual ridiculizaba a menudo, pero ella ayudaba bastante…Me hacía reir mucho . ES cierto, su comida es un tanto…peligrosa, siendo optimista. También estaba la hija que daba recetas de postres…un tanto más prolija que el padre. (recuerdo una “polenta ferroviaria” con liebre que era muy desopilante.Cuando arrancaba con los insumos: Una buena escopeta para cazar a la libre…) Dudo mucho del nivel de alcohol en sangre -suyo- cuando hacía estos programas.Es decir: dudo que hayan sido bajo.

    • La partenaire era Claudia, quien oficiaba de conductora y luego se convirtió en su mujer! Todo un personaje!

      • En efecto: Claudia era la dama en cuestión. Así que el hombre la hizo “suya” ?? . Añejo W: no va a andar…